La edición argentina de mi libro ‘El Crash del 2010’ (2009) incorporaba un capítulo sobre Latinoamérica que pienso puede servir para reflexionar sobre la situación actual en la zona. Lo adjunto. (Evidentemente habría que actualizar los datos).

Now we’re old and grey Fernando
And since many years I haven’t seen a rifle in your hand.
Can you hear the drums Fernando?
Do you still recall the fateful night we crossed the Rio Grande?
I can see it in your eyes
How proud you were to fight for freedom in this land.

“Fernando”, ABBA (1975)

 

La estrofa de la canción que encabeza este capítulo es un estereotipo, cierto, del mismo modo que lo es considerar que Latinoamérica es un solo territorio, con un solo carácter, una sola cultura y una única forma de ser; si hay algo que le sobra a América Latina es diversidad; sin embargo, y volviendo a la estrofa, un rasgo característico común a todos los países que hoy conforman ese agregado geográfico denominado América Latina es el de que nacieron de un acto violento, de una guerra de liberación colonial -o de varias- cuyo doscientos aniversario va a celebrase dentro de década y media.

Un pasado colonial y un acceso violento a la independencia son características comunes la totalidad de las economías latinoamericanas, pero, ¿son los únicos rasgos comunes o se dan parámetros semejantes en el mosaico de tan diferentes países que forman la realidad latinoamericana?. Esto, la existencia de características comunes es fundamental de cara a entender como puede llegar a afectar en la zona la crisis sistémica que se producirá tras el crash del 2010.

¿Características comunes?. En 1825 puede darse por acabada lo que históricamente se conoce como ‘presencia colonial’ en la mayor parte del territorio continental latinoamericano[i], lo que sucede en un momento crucial de la evolución económica y política: inicio del nuevo sistema económico en Inglaterra y proclamación de la Doctrina Monroe en Estados Unidos. Las evoluciones de ambos hechos determinaron, inexorablemente, la evolución futura de los diferentes países que se fueron formando en el Cono Sur a partir del sustrato generado tras tres siglos de presencia española y portuguesa.

España y Portugal dejaron en sus colonias americanas tres herencias: un idioma, una religión y un modo de hacer las cosas, poco más. El modo de hacer las cosas fue característico porque conjugó una operativa traída de la metrópoli con una sistemática antiquísima adaptada a unas necesidades coloniales.

Cuando las armas callaron y a la independencia pudo darse un sentido jurídico, en los diferentes territorios que componen el actual marco latinoamericano eran distinguibles, con mayor o menor intensidad, tres elementos: por un lado, una burguesía criolla desarrollada al calor de la administración colonial y en la que ésta se había apoyado de forma creciente para gobernar; por otro, un ancestral espíritu caciquil indígena presente en comunidades y aglomeraciones, y, por otro más y sobrevolando el horizonte, el mensaje de la Doctrina Monroe que, de alguna manera, estaba ya predeterminando la procedencia de la futura influencia exterior que Latinoamérica iba a recibir[ii].

La burguesía criolla venía ya configurada como una auténtica clase dominante, sentimiento que había sido permitido y abonado por las administraciones coloniales, siempre dentro del orden que la máxima autoridad colonial representaba: gran poder y riqueza, pero limitados por el techo del poder real personalizado en sus altos funcionarios. La metrópoli dejó hacer a esta clase que se fue formando y reforzando a lo largo de los años porque la necesitaba para llevar a término la administración de la colonia, pero hasta un punto, límite que esta burguesía criolla aceptó y nunca traspasó. Fundamental diferencia con la burguesía europea: una muy distinta conciencia de clase: la europea liberal, revolucionaria por sus intereses, opuesta al antiguo orden, innovadora, y manufacturera.

El caciquismo indígena siempre existió en las tierras sudamericanas: era parte del acervo de las culturas que poblaban el territorio, una forma de hacer más allá de las dinastías. Era el poder genuino porque enlazaba con ascendencias que habían existido desde siempre. Y los colonizadores percibieron este hecho enseguida, y enseguida comprendieron que, convenientemente utilizado, ese proceder podía ser muy rentable para el Gobierno de la nueva administración. Cambiaron las formas, claro, aunque poco, lo necesario, pero su filosofía permaneció intacta.

A través de la estructura caciquil las administraciones coloniales se aseguraron el poder efectivo. Funcionó como una pirámide feudal, aunque adaptado a una realidad muy diferente a la europea, y de ella se beneficiaron familias asimiladas, profesionales necesarios para la Corona a fin de que hicieran de correas de transmisión de órdenes y mandatos. ¿Qué posibilitó que una forma de hacer tan antigua pudiese aplicarse a situaciones tan diferentes?, la mentalidad de la población indígena y las nulas opciones de la población esclava. ¿Consecuencias de esa forma de hacer?, que gran parte de la población del Cono Sur no haya llegado a tener, aún, conciencia de clase.

El tercer elemento, la Doctrina Monroe, fue, en su momento el menos visible, sobre todo porque en 1823 Estados Unidos era un país joven, con una independencia recién obtenida y debilitado tras la Guerra Angloestadounidense de 1812, sin embargo ha sido un elemento que, a largo plazo, ha tenido una importancia radical en la evolución de América Latina.

En el momento de ser enunciada, la Doctrina Monroe fue poco más que un deseo, sobre todo porque Estados Unidos no tenía poder para aplicarla; sin embargo la declaración del presidente Monroe supuso poner en marcha un proceso que quedó instaurado en 1904 con el Corolario Roosevelt[iii] e institucionalizado con la Doctrina Truman[iv] en 1947.

Con el Corolario Roosevelt Estados Unidos dio auténtica carta de naturaleza a la Doctrina Monroe ya que autojustificó la intervención estadounidense en América Latina si los intereses de sus compañías o la seguridad de su ciudadanía podían verse amenazadas. Es extensa la lista de las intervenciones militares de Estados Unidos en Latinoamérica producidas a partir de la última década del siglo XIX, intervenciones que la Doctrina Truman acabó de autojustificar[v]. En cualquier caso, lo que generalizaron todas estas formas de política exterior recogidas en estas doctrinas fue el derecho abrogado por Estados Unidos para operar en Latinoamérica; derecho entendido por Estados Unidos sin tintes coloniales, ni imperialistas; algo que ‘tenía que ser así porque así debía ser’.

Ese tercer elemento, la Doctrina Monroe y sus derivaciones, puso en marcha un proceso que duró casi un siglo: la intervención de Estados Unidos en América Latina -no las distintas intervenciones militares- ya que ‘la intervención’ era -ha sido, es- un proceso permanente, constante, omnipresente, sobre todo a partir de la Administración Reagan y sus ‘dictaduras amigas’. ¿Cómo se desarrolló tal proceso?.

Los tres elementos comentados hicieron que América Latina accediera a la independencia imposibilitada para que el liberalismo se desarrollara en los nuevos países, liberalismo imprescindible para que se posibilitase el crecimiento económico. América Latina accedió pobre a la independencia, pero, lo que es peor, sin posibilidad de dejar de serlo.

De entrada, la estructura política, social y económica que la combinación de los tres elementos formó era una estructura que pivotaba sobre tres ejes. Un muy escaso número de grandes familias terratenientes que controlaban la mayoría de la generación de PIB al controlar la posesión de la tierra y de los utensilios productivos. Una burguesía gubernamental formada por un funcionariado más o menos establecido pero dependiente de las grandes familias anteriores. Unos ejércitos organizados, fundamentalmente, para mantener el orden interior y para defender los interese de las grandes familias, ejércitos cuyos altos cargos no era raro que procedieran de las oligarquías dominantes. Fue en unos países administrados por una estructura como la descrita en los que intervino Estados Unidos.

La intervención estadounidense en el Como Sur es fundamental para explicar el futuro desarrollo de la realidad latinoamericana ya que no fue como la británica, o la alemana que se limitaron, prácticamente, a los aspectos económicos; el intervencionismo estadounidense conformó una forma de hacer las cosas de tal modo que Latinoamérica es hoy como es debido a ese factor, y ese factor pesó como una losa para limitar y, en diversos casos, imposibilitar el desarrollo económico y social latinoamericanos.

Estados Unidos intervino en América Latina gracias a su potencial económico -sus corporaciones multinacionales- y militar, pero con todo ese poder, y no considerando la invasión, Estados Unidos no hubiese podido mantener su influencia si no hubiese existido la referida estructura que dificultaba cualquier  cambio y mantenía, por conveniencia, a la población en un estado de servidumbre.

A este atraso político, jurídico, técnico, debe añadirse un segundo hecho esencial: todas las economías latinoamericanas, absolutamente todas, y en mayor o menor medida, han sido, hasta finales del siglo XX, economías de monoproducto de tal forma que la práctica totalidad de su PIB era generado por la obtención de uno o dos bienes agrícolas y/o mineros, productos que son exportados a los países productores de bienes industriales en forma de materias primas.

De lo anterior se deduce el tercer hecho esencial de la realidad de América Latina: la dependencia exterior, dependencia que se ha ido viendo incrementada por la mayor o menor necesidad de las economías latinoamericanas de las remesas de su población emigrada a las  economías desarrolladas, y también dependencia de la inversión exterior en un, a menudo, difícil equilibrio entre los aspectos contrapuestos de la economía global, y también dependencia, en bastantes zonas, de la ayuda oficial al desarrollo. Queda un cuarto factor, obvio teniendo en cuenta todo lo anterior: la ausencia de estructuras económicas interiores que posibilitasen el intercambio ágil y la distribución fluida de los bienes orientados a los mercados interiores.

El crash de 1929 y la Gran Depresión afectaron a las economías latinoamericanas, más que a las europeas, aunque menos que a la estadounidense[vi] [vii]. Tomando como índice 100 el PIB per cápita (PIB pc) de las ocho mayores economías latinoamericanas[viii], el de las doce economías europeas más importantes[ix] y el de Estados Unidos, se produce un retroceso de los PIB pc de los tres grupos a partir de 1930. Las economías europeas recuperan o superan el nivel 100 en 1935, las latinoamericanas en 1937, mientras que Estados Unidos debe esperar hasta 1940[x]. Las caídas fueron pronunciadas: el índice medio de las ocho economías latinoamericanas cayó hasta el nivel 81,3 en 1932; el de las doce europeas hasta 90,7, también en 1932; el de Estados Unidos descendió hasta 72,7 en 1933. En América Latina los efectos de la Gran Depresión fueron dañinos, pero, posiblemente, tan interesante como éstos fue lo que sucedió después.

Cuando los efectos más duros de la crisis comienzan a ser superados la evolución de los tres grupos de países no fue idéntica. Hasta 1950, el PIB pc de las economías latinoamericanas contempladas aumento ininterrumpidamente alcanzando el índice 132; el de las europeas creció hasta llegar al nivel 118 en 1939 para caer posteriormente hasta 91 en 1946 recuperándose a partir de este año y llegando a 117 en 1950; Estados Unidos aumentó hasta la cota 187 en 1944, para caer hasta los 135 puntos en 1947  e ir remontando posteriormente hasta el nivel 145 en 1950.

A pesar de que la II Guerra Mundial fue, tal como se ha detallado en el capítulo correspondiente a la Gran Depresión, la solución definitiva a los efectos del crash del 29, para Europa la contienda tuvo un coste terrible, tanto en vidas como en PIB, al revés de lo que sucedió con el PIB de Estados Unidos. La economía estadounidense no tuvo que soportar una guerra en su suelo, además, como proveedora de materiales al Reino Unido y a otros países aliados -antes de su entrada en la guerra-, y como proveedor y consumidor de producción industrial, después, Estados Unidos se convirtió en el gran beneficiado económico y geopolítico del conflicto bélico.  ¿Y América Latina?.

La neutralidad de la práctica totalidad de los países latinoamericanos durante la totalidad de la contienda convirtió a muchos de ellos en suministradores de los beligerantes, lo que les proporcionó abundantes ingresos que, Gobiernos con altas cargas de nacionalismo y populismo, utilizaron para construir, prácticamente de la nada, un tejido industrial propio. El modelo de sustitución de importaciones funcionó en tanto en cuanto el incremento medio del PIB latinoamericano fue mayor que el mundial, pero fue un crecimiento hipotecado: utilizando una mecánica de industrialización ‘hacia adentro’ en un escenario autárquico, los Estados se vieron forzados a recurrir a fondos exteriores a fin de continuar su proceso de crecimiento lo que dio comienzo al verdadero problema de Latinoamérica a lo largo de varias décadas: la deuda externa.

Equiparando a 100 el monto de la deuda externa de América Latina en 1970, en 1980 el índice había crecido hasta los 790 puntos, hasta los 1.460 en 1980, hasta los 2.127 en el año 2000, hasta los 2.249 en el 2008[xi]. ¿Las causas?. La primera, la dependencia; la segunda, la crisis energética de 1973; la tercera, más dependencia.

A partir de aquí comienza en América Latina una nueva fase económica, política y social. El crecimiento, cuando lo hay, es desequilibrado y sin desarrollo. La emigración campo – ciudad crece y se acelera, lo que ocasiona un aumento de la pobreza y de la economía informal. Entre finales de la década de 1980 y finales de la de 1990 se impuso el modelo del Consenso de Washington[xii]: en un entorno global y a través de una mecánica que utilizaba la liberalización económica y la reducción del gasto público, se fija como objetivos básicos, casi únicos, la apertura al exterior de las economías y la reducción de la inflación.

El resto de la historia es conocido: la inflación se redujo, pero a costa de profundizar en la dependencia, de crear una creciente vinculación con el dólar estadounidense, y de que aumentase la desigualdad; y el PIB aumentó, aunque a una tasa insuficiente para alcanzar a toda la población, y sesgada para compensar el aumento demográfico que se fue produciendo. Crecientemente empezó a mirarse al exterior: hacia la emigración, tendencia que fue acelerándose paulatinamente a pesar de los mayores ingresos que varios países de la zona obtuvieron con la exportación de materias primas a partir del año 2004 debido a la creciente demanda por parte de economías centradas en la producción industrial[xiii].

La evolución experimentada por las remesas hacia América Latina de la emigración latinoamericana ha sido espectacular. En el  año 2004 alcanzaron los 45.000 millones de dólares[xiv], en el 2005 los 50.000, en el 2006 los 60.000[xv], en el 2007 los 66.500 millones[xvi]. En los hogares que se reciben remesas procedentes de la emigración, esas remesas constituyen, de media, el 33% de sus ingresos; de hecho, el Banco Interamericano de Desarrollo calcula que 20 millones de familias de América Latina y el Caribe reciben con regularidad fondos procedentes de las remesas de la emigración, de tal modo que, sin dichos fondos, la renta de la mitad de estas familias se situaría bajo el umbral de pobreza[xvii].

Del mismo modo, espectacular ha sido la evolución de la inversión exterior en la zona. Tomando como referencia la inversión directa, la media anual invertida, en miles de millones de dólares, pasó de 38.820 en el período 1993 – 1997, a 83.849 entre 1998 y 2002, y a 82.957 desde el 2003 al 2007[xviii], de hecho, en el año 2007 alcanzó los 113.157 millones y en el año 2008 los 128.301 incrementándose en el 2007 más del 35% con respecto al 2006, y el 13% en el 2008 respecto al año anterior[xix].

El resumen: en el año 2006, el PIB generado por la suma de todas las economías latinoamericanas ascendía al 7,7% del PIB del planeta[xx], ciertamente poco. Ante este hecho la pregunta es, ¿por qué?.

América Latina llegó al siglo XIX falta de todo lo imprescindible para abordar la era industrial y, en cambio, sobrada de mucho de lo necesario aunque sin posibilidades de usarlo. A lo largo de los dos siglos siguientes fue destino de todas las variedades y todos los colores que en el neocolonialismo se fueron produciendo, mientras, a nivel interno, los países que la forman iban profundizando en una dinámica de desentendimiento. Quédense con un solo dato: en el año 2007, el comercio interregional en América del Sur representaba tan sólo el 24% del total del comercio latinoamericano, mientras que en la Unión Europea alcanzaba el 74%[xxi].

En Latinoamérica existen múltiples carencias, y desunión, e intromisión exterior, y una enorme dependencia, y lo peor, estas lacras han existido desde siempre. El cuadro adjunto[xxii] recoge la evolución, desde 1820, del PIB pc total de Latinoamérica[xxiii], como comparación también se incluye, como conjunto más homogéneo al estar compuesto por diversas economías, el de Europa[xxiv].

En términos medios, América Latina ha experimentado unas variaciones más violentas que Europa en la evolución de su PIB pc, sin embargo esas variaciones no se han traducido en avances auténticamente significativos: entre los años considerados, mientras que Europa ha aumentado su PIB pc 17,6 veces, Latinoamérica lo ha aumentado 9,3. Más aún, la distancia ha crecido: si en 1820 el PIB pc europeo equivalía a 1,74 veces el latinoamericano, en el año 2006 equivale a 3,29 veces.

La propia Historia, la existencia de culturas no esencialmente economicistas, la dependencia, la falta de estructuras liberales que favorecieran el verdadero liberalismo, el inmovilismo social, el mantenimiento de los gérmenes del antiguo caciquismo, el intervencionismo exterior, unos modelos que no son capaces de generar lo que el monto total de población latinoamericana precisa, el crecimiento sesgado y cautivo, el desarrollo tan sólo posible. ¿Cómo puede afectar el crash del 2010 a unas economías que fundamentalmente se mueven con arreglo a unos parámetros como los indicados?.

El crash del 2010 es fruto del agotamiento de un modo de hacer las cosas, pero de un modo de hacer que ha sido diseñado por los países desarrollados y cuya metodología fue exportada a las llamadas ‘economías emergentes’, muchas de ellas con carencias y problemas característicos de los países, antaño denominados, subdesarrollados; sin embargo los logros que produjo ese modo de hacer (dejemos a un lado la calidad y la razón de ser de tales logros) alcanzaron a una mínima parte de la población latinoamericana.

América Latina, las economías que la componen, se vieron adheridas -¿arrastradas?- a un lugar en el que mucho tenían que ofrecer, pero en el que muy poco tenían que decir porque escaso era el control real que esos países tenían sobre lo que estaban ofreciendo, sobre la oferta, y los precios, y la distribución, y, desde luego, la demanda. Así mismo, en numerosos casos y durante demasiado tiempo, las estructuras gubernamentales existentes en muy poco ayudaron a modificar tal situación.

Es un decorado muy poco propicio para abordar una crisis sistémica. Los recursos que Latinoamérica tiene ahí están, pero el verdadero control, el control real que sobre ellos Latinoamérica tiene es mínimo. Aunque los nacionalice, aunque imponga regulaciones a su extracción y exportación, las economías productoras no tienen control alguno sobre los aspectos financieros que acompañan a esos recursos y a los que van unidos de forma indisociable, de tal forma que sin esos aspectos financieros la misma propiedad de los recursos poco representa; si a esto añadimos la extrema pobreza existente en amplias zonas del área latinoamericana, la limitadísima movilidad social, la en, numerosos casos, nefasta distribución de la renta y el reinado, también en numerosos casos, de la economía informal, la situación en la que América Latina se halla para afrontar el crash y la posterior crisis es extremadamente débil.

En el fondo es volver sobre algo ya dicho: su extrema dependencia. América Latina, con todos los aspectos negativos que comportan, precisa de las remesas de su emigración, y necesita de la inversión exterior, y ambas ya están cayendo respecto a cifras pasadas. A la vez, destacar un hecho muy pocas veces mencionado por molesto: la Historia muestra como, a lo largo de su devenir, algunos Estados han tenido oportunidades, oportunidades que, al margen de cualquier ética, unos aprovecharon y otros no: Inglaterra supo aprovechar la que se le presentó en el siglo XVII y España no sacó partido a la que le llegó en el XVI. América Latina ha sido una de las áreas del planeta que jamás ha tenido su oportunidad.

El llamado ‘momento latinoamericano’ fue, en realidad, un instante pasajero, puntual, limitado y en lo poco que se pudo, evidentemente desaprovechado: “Se dice que Argentina debería ser un país muy rico porque tiene superabundancia de recursos naturales. El desarrollo económico no depende de los recursos naturales, aunque mejor tenerlos que no tenerlos. Depende de la inserción de la economía nacional en el mercado internacional. Argentina fue rica cuando alimentaba a los países industrializados que no se autoabastecían de alimentos. Argentina aprovechó, entre finales del siglo XIX y finales de la década de los años treinta del siglo XX, ese negocio. Cuando eso terminó, Argentina no se planteó qué venderle al mundo. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo una temporal resurrección del viejo negocio. En la posguerra adoptó un modelo de crecimiento sobre la base de proteger su mercado interno. Eso se agotó a finales de los cincuenta. (…) La idea dominante, desde hace una década, es que lo único que debe hacer el Estado es controlar ciertas variables macroeconómicas porque todo lo demás viene por añadidura. Esa concepción neoliberal extrema produjo la crisis, de la cual hoy es difícil salir”[xxv].

¿En qué estado se encuentran las economías latinoamericanas ante la crisis sistémica en la que la economía mundial está entrando?, en uno muy lamentable: falta de herramientas, desabastecida, sin defensas, incrustada en un entorno postglobal y con la mayoría de sus estructuras aún preglobales. La casi totalidad de sus utensilios no sirve y ya no le queda tiempo para construir otros nuevos; ni siquiera de inventar nuevos utensilios políticos.

“Para mi, esta es la nueva violencia política, la violencia de la supervivencia, de la injusticia social. En América Latina, hace veinte años, si un pobre tenía una pistola, se iba al monte a cambiar el mundo. Hoy atraca un banco. Esa violencia ha costado más muertes que las guerrillas. Y más dinero: en Brasil se gasta en seguridad el equivalente al 10% de su PIB. O sea, el equivalente a todo el PIB de Chile”[xxvi].

Hacia el año 2020, cuando la crisis que seguirá al crash se haya dado oficialmente por acabada, los recursos que están ofreciendo los países latinoamericanos que hoy los producen continuarán ahí, la pregunta es si esos Estados habrán tenido la suficiente fuerza de cohesión para continuar existiendo como tales.

 

Notas

[i] No existe auténtico consenso en relación a qué debe considerarse ‘Latinoamérica’. Como aproximación, puede resultar interesante consultar la página de debate que, en relación al tema, se halla abierta en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Discusi%C3%B3n:Am%C3%A9rica_Latina (01.09.2009).

[ii] El texto completo de la Doctrina Monroe puede consultarse en: http://memory.loc.gov/cgi-bin/ampage?collId=llac&fileName=041/llac041.db&recNum=4 (01.09.2009).

[iii] Para ver el detalle del documento acceder a http://www.state.gov/r/pa/ho/time/ip/17660.htm (01.09.2009).

[iv] Idem anterior en http://www.state.gov/r/pa/ho/time/cwr/82210.htm (01.09.2009).

[v] La Doctrina Truman, a diferencia del Corolario Roosevelt, no fue diseñada para América Latina, sino para Europa, sobre todo pensando en Turquía y en Grecia, para el entorno de Guerra Fría que ya se estaba dibujando, pero la Doctrina Truman mostraba muchas posibilidades que eran muy útiles en el Cono Sur aunque en 1947 no fuese evidente. Algo semejante pueden decirse de la Doctrina Kennedy de 1961 dedicada a la contrainsurgencia y diseñada para el sudeste asiático.

[vi] Los datos estadísticos disponibles de las economías latinoamericanas son, por razón de su propia estructuración política, administrativa y social, no todo lo exactos que sería deseable, máxime cuanto más alejada de la actualidad se halle su referencia temporal. Todos los datos que se utilizarán en este capítulo han sido obtenidos de la obra de Angus Maddison “The World Economy. Historical Statistics”, OECD 2004 y de las estadísticas elaboradas por Maddison y actualizadas en Octubre del 2008, bien de forma directa, bien a partir de su elaboración por el autor de esta obra.

[vii] Todos las cifras de PIB y de PIB per cápita que serán utilizadas en este capítulo se hallan expresadas en Dólares Internacionales de Geary-Khamis referidos a 1990. (Para la definición del término puede verse http://stats.oecd.org/glossary/detail.asp?ID=5528(05.09.2009).

[viii] Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú, Uruguay y Venezuela.

[ix] Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Noruega Suecia, Suiza y Reino Unido.

[x] Los problemas de fiabilidad que acarrea la utilización del PIB pc como medida media del nivel de producción de una economía son conocidos, máxime en los años aquí contemplados y en países en los que el acceso al valor generado se hallaba muy sesgado; sin embargo y hasta que un nuevo índice probado y accesible sea elaborado, las ventajas de su utilización son evidentes al permitir abordar, de forma homogénea, datos que, de otra forma, sería muy difícil tratar.

[xi] Elaboración propia a partir de: 1970, 1980 y 1990: Eric Toussaint, “Las crisis de la deuda externa de América latina en los siglos XIX y XX”, http://www.cadtm.org/IMG/pdf/toussaint01.pdf (21.09.2009). 2000 y 2008: CEPAL, Estadísticas de América Latina y el Caribe,

http://websie.eclac.cl/sisgen/ConsultaIntegrada.asp?idAplicacion=6&idTema=119&idIndicador=861&idioma=e (21.09.2009).

[xii] Una descripción de las bases y objetivos del modelo puede hallarse en: http://www.cid.harvard.edu/cidtrade/issues/washington.html(05.09.2009).

[xiii] “Pese al crecimiento (habido en Latinoamérica), solo el 31% (de la población) considera que la economía de su país está mejorando, mientras que el 47% menciona que está estancada. El 55% cree que sus padres vivían mejor que ellos, y sólo un 27% está satisfecho con el funcionamiento de la economía de mercado. Un 75% está preocupado por quedarse sin empleo. Sólo un 18% se siente protegido por las leyes laborales”. Joaquín Estefanía, “ALCA todo cambia para seguir igual”. El País 07.11.2005.

[xiv] Dossier Econòmic. 7 al 13.01.2006.

[xv] http://www.materiabiz.com/mbz/economiayfinanzas/nota.vsp?nid=29551 (06.09.2009)

[xvi] El País Negocios 23.03.2008.

[xvii] El País Negocios 23.03.2008.

[xviii] CEPAL, “La inversión extranjera en América Latina y el Caribe – 2007”, Mayo 2008. http://www.eclac.cl/publicaciones/xml/0/32930/lcg2360e_Cap_I_f2.pdf (20.09.2009)

[xix] CEPAL, “La inversión extranjera en América Latina y el Caribe – 2008”, Mayo 2009. http://www.eclac.cl/publicaciones/xml/1/36091/LCG2406ef_capI.pdf (20.09.2009)

[xx] Elaboración propia a partir de Angus Maddison “The World Economy. Historical Statistics”, OECD 2004 y estadísticas elaboradas por Maddison y actualizadas en Octubre del 2008.

[xxi] WTO (El País 07.02.2009).

[xxii] Elaboración propia a partir de Angus Maddison, op. cit.

[xxiii] Países considerados: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú, Uruguay, Venezuela, Bolivia, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Jamaica, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Puerto Rico, Trinidad y Tobago así como veintiún pequeños países del Caribe.

[xxiv] Países considerados: Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Noruega, Suecia, Suiza, Reino Unido, Irlanda, Grecia, Portugal, España, así como otros catorce pequeños países europeos.

[xxv] Rodolfo Terragno, senador de la Nación Argentina, ministro de Obras y Servicios Públicos en el Gobierno de Raúl Alfonsín (1983 – 1989) y Diputado entre 1993 y 2001. Entrevista realizada por Carlos Ares. El País 09.12.2001.

[xxvi] Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, “Guerras del siglo XXI”, Ed Mondadori, 2002. Comentado por Miguel Mora. El País 19.09.2002.

 

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